1.7.14

Historias de una mesa (XVIII) “Zendagi migzara” la vida sigue.

Nunca hubiera pensado que llegaría a dar gracias por haber dejado de ser joven, por haber perdido la frescura y sensibilidad, porque la savia ya no corriera por mis venas.  El barniz de los primeros años ha quedado desgastado. En ocasiones desearía que me hubieran dado varias capas, que fuera  una coraza que me impidiera oír tus gritos de terror. Imaginar que todo está como estuvo en un principio, sin golpes ni arañazos. Sin más contusiones en las patas que las de los pies de una familia que se sienta a mi alrededor a la hora de comer. Sin moretones en tu cara, sólo mis pardas vetas.  De otra forma, me resquebrajaría en astillas con las que torturarlo.
No te sientas sola, mujer, porque mis ojos todo lo ven, no pienses que nadie te escucha porque mis anillos todo lo tienen grabado. No te creas hierba frágil porque la violencia es el recurso del débil, del que tiene miedo de que el resto contemple la belleza de tus flores, la dulzura de tus frutos. Yérguete y crece fuerte.
 
Y no se detiene, ya desde el aula recién amanecida, ya desde las horas que la misma madrugada teme acercarse, nada le detendrá. Y el examen, el curso, la carrera, el trabajo o la oposición, saben y temen de tal determinación; pero lo que no saben es que para ella todo eso no es mas que parte, parte de algo que inició hace tiempo. Su empeño, su determinación a seguir avanzando va más allá, mas allá de vendas y muros, porque para Gliphe la lucha contra la injusticia no la ganan las cosas quietas, sino que la pierden las personas quietas. 
 
 

1 comentario:

Noelplebeyo dijo...

lo importante es el corazón del árbol...su madera